Reflexión: Mi país, un espejo de nosotros mismos

Una reflexión profunda sobre los desafíos sociales que enfrenta la República Dominicana y la responsabilidad colectiva de transformar la realidad. Un llamado a construir un país más justo, humano y solidario desde la participación ciudadana y la acción consciente.

POLITICA Y SOCIEDAD

Ing. Andres Nova

12/22/20252 min read

Mi país, un espejo de nosotros mismos

Por: Ing. Andres Nova
Para Pulso RD

Cuando hablamos de la República Dominicana, solemos hacerlo con el corazón lleno de orgullo: tierra de gente trabajadora, creativa, solidaria y alegre. Decimos “mi país” con una emoción que trasciende fronteras y que llevamos en el alma, aun en medio de la distancia o la desesperanza. Sin embargo, también es tiempo de mirarnos en el espejo que somos, sin filtros ni excusas, para enfrentar las verdades que duelen, pero que nos urgen.

La desigualdad, la inseguridad, la corrupción, la falta de oportunidades para nuestros jóvenes, el abandono de nuestros envejecientes y la precariedad de muchos servicios básicos no son fenómenos aislados. Son síntomas de un modelo social que requiere transformaciones profundas. La pobreza no es solo una cifra: es el rostro de una madre que no tiene qué darle de cenar a sus hijos, de un joven que abandona la universidad porque no puede pagar el transporte, o de un anciano que muere esperando una pensión que nunca llega.

La inseguridad ciudadana, por ejemplo, no nace en los barrios; se cultiva en la indiferencia institucional, en la ausencia de políticas preventivas, en el abandono de la educación como herramienta de transformación real. Las cárceles están llenas de pobres, no porque sean más propensos al delito, sino porque el sistema los ha dejado sin alternativas.

Y ni hablar del sistema de salud, donde muchas veces el acceso a un tratamiento oportuno depende más del tamaño del bolsillo que del derecho constitucional a la vida. O de la justicia, que a menudo se percibe como un privilegio para quienes pueden pagarla.

Pero este país también está lleno de historias que inspiran. Mujeres y hombres que, contra todo pronóstico, levantan pequeñas empresas, educan a sus hijos con sacrificio, y luchan cada día por mejorar su entorno. Jóvenes que lideran iniciativas sociales, comunitarias y ambientales, demostrando que la esperanza no ha muerto, solo necesita espacios para florecer.

Aquí es donde debemos asumir un rol distinto. Ya no basta con denunciar; hay que construir. Hay que apostar por políticas públicas centradas en el bienestar de la gente, por una democracia que no se quede en el voto, sino que se extienda a la vida cotidiana. Necesitamos instituciones fuertes, transparentes y humanas, capaces de responder a las necesidades del pueblo, y no a los intereses de unos pocos.

No se trata de idealizar el pasado ni de pintar un futuro ficticio, sino de entender que el país que queremos solo será posible si cambiamos nuestra forma de actuar, de exigir, de participar. Si dejamos de ver la política como un espectáculo ajeno y comenzamos a asumirla como lo que es: la herramienta para transformar la realidad.

Porque al final, “mi país” no es una entelequia, ni una bandera colgada en la pared. Es la calle que caminamos, la escuela a la que van nuestros hijos, el hospital que nos atiende, el empleo que no conseguimos, el pan que falta en la mesa. Y también es la sonrisa del vecino, el abrazo de una madre, el canto de los niños, el esfuerzo del que siembra en la tierra sin perder la fe.

Hoy más que nunca, miremos a la República Dominicana no como una promesa incumplida, sino como una responsabilidad compartida. Un país no cambia solo con discursos. Cambia con decisiones, con coherencia, con voluntad política y compromiso ciudadano.

Mi país somos todos. Y el cambio empieza por nosotros.